En una comunidad de las riberas de Coca se celebraba una boda. Entre los invitados estaba un brujo poderoso que tenía como misión salvar a los hombres que eran atacados por los animales salvajes.
Se tomaba mucha chicha y se comía carne de monte, pescado, yuca y ají. El brujo comía poco y sin sal ni ají. No bebía la chicha fermentada ni el vinillo.
Pero los amigos, con engaños, lo hicieron emborrachar. Cuando su mujer le pidió que deje de tomar, el brujo la mató. La fiesta se convirtió en velorio. Cuatro policías se llevaron al brujo cucama con destino a una cárcel de Quito.
Una tarde acamparon junto a la laguna de Papallacta. El cucama pidió que le desataran las manos para lavarse y beber agua. Cuando estuvo libre se lanzó al agua. Pronto salió de la laguna una inmensa boa negra que produjo olas inmensas. Los policías huyeron asustados.
Era el cucama que convertido en boa había vencido a la boa de fuego que habitaba el fondo de la laguna. Descansó un momento y bajó nadando por el río Papallacta hasta el Quijos y de allí al Coca.
Tomó nuevamente la forma de ser humano y llegó al lugar donde aún continuaba el velorio. El cucama cansado de tanto viajar se quedó dormido. Las mujeres que lo despertaron para brindarle chicha y comida lo reconocieron.
El cucama les contó su historia explicándoles que estaba allí para defenderlos de los animales salvajes pero que no podía tomar bebidas alcohólicas porque perdía el control sobre si mismo.
Los presentes comprendieron su punto de vista y lo trataron con amor y respeto.

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