Por 1960 estaba de párroco en El Chaco el padre Claudio Diagostini. Habían pocas casas, la mayoría con techo de paja.
Una tarde, Carlota Espinoza de los Monteros, entonces de quince años, terminaba de cerrar la puerta de la iglesia y se disponía a regresar a su casa, después de haber ayudado en tareas de servicio social, cuando se encontró con un joven de terno negro y sombrero inclinado sobre la frente que le pregúntó por el párroco. Carlota le indicó que padre Claudio se encontraba en el convento, el joven dio media vuelta y se marchó.
Este encuentro preocupó a la chica. El rostro del visitante permanecía en su mente. Ya en el hogar se puso a revisar un álbum de fotos... y allí... sí, allí estaba el muchado con el mismo terno y el mismo sombrero. Era Emilio Tapuy, vecino de Santa Rosa, que los domingos salía a El Chaco vestido de gala.
Le invadió el miedo porque Emilio había muerto hace algún tiempo, ahogado en el río, cuando con unos tragos demás, trató de pasar a caballo un puente que se hallaba en mal estado. Nunca encontraron el cadáver pese a que dinamitaron el río |