En la boca del Tiputini vivía un indígena de apellido Tapuy. Casi nadie recordaba su nombre. Todos lo conocían como Sacharuna. Era de mirada perdida, lento al andar, silencioso, como si algún acontecimiento sobrenatural le hubiera alterado las facultades mentales.
Pero él no nació así. Fue un niño alegre y vivaracho que compartía juegos y travesuras con sus hermanos, primos y parientes que vivían en un gran tambo que servía de hogar común.
Sus padres salían temprano a la montaña para recoger lecheguayo, una substancia parecida al caucho. Un día se acercó al muchacho un hombre parecido a su padre y se lo llevó a la selva. Sus familiares cansados de buscarlo acudieron donde el brujo, quien les explicó que el niño había sido raptado por el sacha runa o espíritu del monte. Les pidió que fueran al monte a cortar bejucos para colocarlos enrollados en los chaquiñanes a fin de que se enrede el sacha runa y no pueda ir demasiado lejos.
Mientras los familiares cumplían este pedido el brujo tomó mucho jugo de ayahuasca y guanto.
Cuando se reunieron nuevamente el brujo les indicó que el muchacho se encontraba a orillas del río Tiputini, sobre unos árboles de guabilla, en forma de mono. Les explicó claramente la forma de atraparlo.
En el lugar indicado estaba un mono chillando y dando brincos. Cuando lo cogieron trató de morderlos. El padre se golpeó la nariz hasta sangrar y esa sangre le hizo lamer al mono que recuperó la forma humana, pero no todas las facultades mentales
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