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TUJILLA RUMI

Hace muchos años, la actual comunidad de Taza yacu - sector del bejuco y la guayusa, - veía disminuir su población. Quien salía de la casa para llegar al río, no volvía. Los brujos se reunían cada semana para estudiar el caso. Ni la ayahuasca, ni los ayunos lograban descifrar el misterio de estas absurdas y extrañas desapariciones.

Una noche, Seraina (Serafina), madre de una numerosa prole se despierta alarmada con un ruido que provenía del rio. Venciendo el innato miedo femenino, toma un machete, y casi en puntillas se acerca a la playa. Allí, un inmenso cóndor, posado sobre una roca, engullía plácidaniente, los restos de un ser humano.

La mujer quedó paralizada de espanto. La voz se negaba a abandonar el escondite de su garganta. Sus pies parecían sembrados en la arena. Y allí estuvo Seraina hasta cuando el ave de rapiña levantó pesadamente el vuelo y se fue, casi rosando los árboles, hacia las cabeceras del rio Misahuallí.

La noticia se regó como termita en palo seco. A la noche siguiente un grupo de indígenas, se apostó en el lugar señalado por Seraina, en espera del cóndor que llegó muy tarde con un niño entre sus garras.

La comunidad se reunió para trazar una estrategia que permitera liquidar al asesino. La voz autoritaria del brujo impuso su criterio. El mismo se ofreció para llevar adelante el plan. Después de tres días de ayuno salió  con una ashanga para traer un cargamento de pungara. Con este material embarró la piedra donde solía posarse el cóndor y esperó.

A la noche llegó el ave con una mujer entre sus garras. Cuando se disponía a engullir su presa, todos los hombres de Taza yacu salieron de sus esondites con antorchas encendidas y lanzas en la mano. El cóndor no pudo levantar el vuelo. Estaba pegado a la roca. Fueron suficientes cincuenta lanzas para acabar con el anga.  Lo arrastraron hasta muy cerca del río.  Prendieron una fogata y lo quemaron.

Entre el olor de carne y plumas chamuscadas se escuchaban quejidos y lamentos inexplicables que brotaban de las llamas.


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