Por la década del cuarenta llegaron a esta zona algunos extranjeros en busca de oro. lnicialmente se asentaran en Puerto Napo. Luego de varios recorridos escogieron las cabeceras del Yusupmo para levantar su campamento. Con una cuadrilla de hombres de color se dedicaran a lavar oro. Las pepitas doradas, como granos de maíz, aparecian abundantes al fondo de las bateas y analetes. La riqueza estaba allí, al alcance de la mano. Se dejaba tomar fácilmente.
Las noches, sin embargo, fueron cambiando paulatinamente. Se oscureció el paso luminoso de las cocuyas, calló el bullicioso comunicarse de los sapos, desapareció el lenguaje almidonado de los insectos. Quejidos como de ultratumba se escuchaban por doquier. Una mañana apareció muerto un negro... luego otro... y otro... y uno mas.
Alguien juró haber visto cerca del río a un hombre con la cabeza de lobo. Los atemorizados negros que quedaban con vida, al primer descuido de sus amos, abandonaron el lugar para siempre.
El vómito y la diarrea se apoderaron de los extranjeros. Ninguna medicina tuvo efectos curativos. También los gringos tuvieron que salir de Yutzupino con los bolsillos y los intestinos vacíos. La selva, alcahueteada por el tiempo, cubrió de árboles y lianas el campamento. La memoria se olvidó del acontecimiento luctuoso. Nadie volvió a mencionar a los extranjeros. Por 1960 un banco, brujo de brujos, mediante la estratagema del virote se deshizo de la enemistad de otro brujo que vivía en Yusupino. Ese día mucha gente miró como miles de murciélagos cubrían la zona.
Más tarde volvieron las aves, los nativos reabrieron los caminos a sus chacras y construyeran sus tambos. Llegaron en grupo... jubilosos. Por allí entre yerbajos y citrus quedaban algunos restos del paso de los extranjeros...

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